viernes, mayo 16, 2008

Feliz cumple

Hoy, además de mi querida hermana Eugenia (que cumple un cuarto de siglo) se cumplen dos años de que La Era... hizo su aparición en la blogósfera, con esta primera entrada, que me imagino que en su momento habrán leído pocos. La pregunta que en ese momento me formulaba, "¿Por qué un blog?", hoy la he respondido -creo-: un blog para escribir periódicamente, para poner en palabras cosas que se me cruzan por la cabeza y darles la importancia que se merecen. O, por el contrario, para darme cuenta de que no son importantes y no justifican siquiera un post. Un blog para leerme con gente de diversos países, para hacer amigos y conocer otras formas de pensar y otros intereses distintos a los míos. Un blog como una ventana al mundo, a la vez que deja ver algo de mi mundito interior.
Ya sé que últimamente lo tengo un poco abandonado, no pudiendo dedicarle todo el tiempo que mis lectores se merecen o que a mí me gustaría, pero sigo estando acá. Y ojalá que queden por delante muchos años más de seguir publicando blogludeces, para ustedes que las leen, y sobre todo para mí, que las escribo.

martes, mayo 13, 2008

Entre las paredes de Puán 480

Hoy salí de rendir el parcial de sociolingüística y, como siempre en estas situaciones, me sentí liviana y renovada. Paseé por la facultad, me compré un alfajor triple en el kiosquito del primer piso y me puse a esperar que terminaran su examen los compañeros con los que estuve estudiando estos días. Al rato salió Flor -una de ellos- y nos pusimos a charlar. Después nos dimos cuenta de que el parcial había sido en un aula del primer piso, y que nosotras estábamos esperando a nuestros compañeros... en la misma aula, pero del segundo. Por suerte igual pude encontrarme con ellos y terminé compartiendo un café en el bar Platón y dándole vueltas y vueltas a lo que contestó cada uno.
Me puse a pensar que, justo ahora que estoy terminando la carrera, que pronto mis rutinas de Puán van a ser recuerdo, voy a extrañar muchísimo tantas cosas... pasé en este edificio los últimos siete años, mucho más de lo que en su momento pasé en el colegio secundario, y acá fui y soy todo lo feliz que no fui de adolescente. Me encanta cruzarme con gente que conocí en otras materias y tener una charlita sobre lo que cada uno está cursando. Me encanta aprovechar el recreo entre práctico y teórico para tomarme un café. Me divierte leer las discusiones de las chicas escritas en las puertas de los baños de mujeres. Disfruto enormemente los ratitos en los que revuelvo las mesas de saldos en las librerías de la cuadra. Tengo un cariño enorme por tantos rincones, tantos lugares donde compartí momentos increíbles con personas que conocí acá adentro... algunas siguen conmigo hasta el día de hoy, otros quedaron en el pasado junto al recuerdo de una mesa junto a la ventana en Die Brücke, desde donde decíamos, se podía ver un Aleph.
Pese a la cantidad irritante de carteles pegados por todos lados, a la escasez de bancos, a las interrupciones en las clases, a las colas para comprar apuntes en el CEFyL, a la mugre y a los amontonamientos de la escalera principal en las horas pico, Puán 480 es uno de mis lugares en el mundo. Acá adentro me siento como en casa.
Siento que mi carrera es un ciclo cumplido, y me da mucha satisfacción pensar que en menos de un año voy a estar tramitando mi título, pero a la vez, me resulta imposible no sentir nostalgia. Pero bueno, todavía faltan unos meses. A disfrutarlos. Y después, vendrá lo que vendrá. Otras personas, otros desafíos, otros lugares. ¿Otro Aleph?

domingo, mayo 11, 2008

Cantando por la vida

Desde que era muy chica -supongo que por escuchar a mi mamá, que hace lo mismo- suelo cantar en voz alta, sin necesidad de música. Cuando me ducho (ése es un clásico), cuando limpio mi casa, cuando me visto para salir. A veces, según mi humor, también cuando camino por la calle. Normalmente canto bajito, como si me diera vergüenza que la gente me escuche. No tengo por qué: siempre canté bien, nunca desafino y me gusta darle distintos matices a mi voz. Nuevamente, me viene de familia (varios somos amantes de la música, y más de uno sabe tocar algún instrumento). Papá lleva a todos lados su armónica, mamá canta y compone, mi hermana toca guitarra eléctrica y bajo, mi abuela materna es pianista, mi abuelo paterno es melómano. Y yo, estudié algo de piano y coro cuando era chica. Y me encanta cantar.
¿Por qué entonces me inhibo? ¿No tendría que importarme muy poco si la gente me mira? Después de todo, va cada uno a los gritos con los auriculares del MP4, cantando inglés por fonética -qué cosa más espantosa- o chillando la última cumbia de moda. ¿Por qué no ir yo cantando en voz alta también?
A veces lo hago -y me importa un carajo que me miren como a una loca desquiciada-. Pero -repito- depende de mi humor.

domingo, mayo 04, 2008

En el día del Superclásico...

5 razones para odiar el fútbol:

- Es un inmenso negocio que mueve millones, de los cuales el hincha no ve nada, solamente gasta, gasta y sigue gastando.
- Monopoliza la conversación (especialmente la masculina).
- Da excusas para no hacer nada más (no importa si es domingo y el día está soleado: hay partido y no se sale)
- Las mafias que hay detrás de los grandes equipos (y no tan grandes también).
- Las muertes producto de la violencia en la tribuna, a cada rato.

5 razones para disfrutar del fútbol:

- No se trata únicamente de un deporte (de por sí, algo saludable y positivo) sino de una pasión que caracteriza e identifica a nuestro país.
- Da temas de conversación en prácticamente todos los ámbitos.
- Alegra la vida de miles de hinchas cada vez que ven triunfante a su equipo.
- Une a los amigos, a las familias, incluso a los desconocidos, con una causa común (esto se nota especialmente en el Mundial).
- Cuando se aprende a mirarlo, se detectan estrategias, pases y jugadas espectaculares: es decir, cuanto más fútbol se ve, más se lo disfruta.

martes, abril 29, 2008

Un festejo centenario para los "bichis"

Hace ya un siglo que en Argentina se celebra -emulando al "Animal Sunday" inglés- el Día del Animal. Este festejo comenzó por iniciativa de Ignacio Lucas Albarracín, promotor de la primera ley de protección al animal. La celebración se festejó por primera vez un 2 de mayo en el Jardín Zoológico (porque ese 29 llovió) y fue gestionada como homenaje y demostración de cariño hacia nuestros amigos de cuatro patas. Debido a que originariamente la convocatoria estaba planeada para el 29, ese día quedo instaurado y así se lo recuerda hasta hoy. El Día del Animal también se festeja en otros lugares, pero no en esta fecha (incluso en ciertos países hay algunos días dedicados a especies particulares).
Casualmente, un 29 de abril -pero de 1926- falleció Albarracín, y por eso este día es también un homenaje a su memoria.

En realidad, todos y cada uno de los días debemos recordar que compartimos el planeta con todos estos seres -inocentes, bellos, diferentes y maravillosos- que nos enriquecen, nos alegran, nos acompañan, nos ayudan, nos levantan el ánimo, nos dan afecto y consuelo. El Día del Animal es una celebración de la vida.


miércoles, abril 23, 2008

La libretita del sociolingüista

Hace unos días, hablando de lo estructurado que en realidad es el uso que cotidianamente hacemos del lenguaje, el profesor de Sociolingüística nos propuso -medio en chiste, medio en serio- llevar nuestra propia "libretita del sociolingüista". Se trata de un cuadernito donde anotaríamos todos y cada uno de los intercambios verbales que efectuáramos durante (al menos) una semana. Por curiosidad decidí hacer el experimento... y bueno, éstas son algunas de las cuestiones con las que me crucé:
  • Es difícil definir qué es un intercambio verbal: A ver, está claro que hablamos todo el tiempo. ¿Hace falta anotar que dije "un peso" al colectivero al subir, pidiendo el boleto? ¿Y si me preguntaron la hora por la calle y me encogí de hombros? En mi opinión, las charlas por teléfono cuentan pero, ¿también el blog, los mensajitos de texto, los e-mails? ¿Y cuando le hablo a mi gata, las dos solas en casa? ¿Qué es lo que anoto? ¿Qué puedo pasar por alto?
  • No registramos tan fácilmente a los demás: Llega un punto en que es inútil proponerse "anotar todo", porque uno se da cuenta de que ciertos intercambios ni los registra, como los saludos al pasar con algún vecino a quien no habíamos visto antes, o una queja de nuestro jefe a la que directamente no respondemos, más que con una puteada para nuestros adentros.
  • Figuritas repetidas: Comprobé lo que dijera el profesor, de que finalmente siempre estamos hablando de lo mismo. ¿Alguien podría dudar de que el tema más anotado en la última semana fuera "humo"? Ya fuera porque lo sacara yo, ya fuera porque alguien más me hablara de esto, la nube que cubría Buenos Aires sofocó también los renglones de mi libretita.
  • La paradoja del observador: Sabiendo que iba a registrar todo lo que se dijera, ¿hubo algún tema escabroso que, subconscientemente, busqué evitar? ¿O acaso guié la conversación para tratar de hacerla más fácilmente registrable, o más interesante? No puedo estar segura. Para superar este escollo, tendría que acostumbrarme tanto a la presencia de la libretita hasta que ésta me resultara de lo más natural, y la verdad es que ni siquiera la aguanté una semana completa.
  • Nunca estamos solos: Aunque se trate de conversaciones breves, en todos los días registré al menos veinte intercambios con distintas personas. ¡En serio! Y después que nadie diga que no tiene con quién charlar.
En síntesis, me resultó una experiencia bastante compleja y enriquecedora. No nos damos cuenta que nuestras palabras nunca están aisladas, sino que vienen a ser un hilito de la inmensa red de lenguaje que tejemos constantemente los seres humanos. Hoy, Día del Idioma, dejo acá éste, mi pequeño aporte.

lunes, abril 14, 2008

A menudo los hijos se nos parecen...

... así nos dan la primera satisfacción, canta Serrat. Me estoy dando cuenta, después de unos años de trabajar en el jardín, que los chicos -esos que a veces nos deleitan con sus comentarios ingeniosos o tiernos- no copian de los padres tan sólo gestos inocentes como la manera de comer una manzana, o el gusto por el automovilismo. No: los padres transmiten a los hijos su ideología, buena o mala, según quién la mire. Y entonces los chicos hacen muchas veces comentarios que, desde su ingenuidad, mandan al frente mal a sus progenitores. Veamos:

- The racing car goes fast, fast, fast! -digo yo, señalando un autito de carrera en la ilustración de un cuento.
- Una vez mi papá iba rápido con el auto -acota una nena- se acercó un policía, mi papá le dio plata y después le preguntó "¿Dónde está mi cambio?" (risas de toda la clase). Y yo:
- ...

Con el conflicto por el campo, quedó claro que mis alumnitos son claramente hijos de la oligarquía terrateniente que tan mal le cae a D'Elía. Los comentarios de "¿Vos con quién estás, con el gobierno o con el campo?" "Con el campo, ¡obvio!, el gobierno nos quiere robar toda la comida, todo el maíz, toda la carne...", "Me duelen las manos de tanto golpear la cacerola anoche", "Miss Mariana, ¿vos fuiste al cacerolazo? Yo sí."

Yendo un poco más atrás, me acuerdo de cuando hubo elecciones el año pasado: "Ganó una señora que tiene cara de bruja", "Dice mi mamá que Cristina es mala, mala, y que va a arruinar el país", "Sí, nos va a robar todo". También extendieron la discusión a nivel ciudad: "Yo voto a Macri" (sic), "Sí, Macri es el mejor y además es de Bocaaaa!!!!".
¿Y yo? Callo. No me corresponde opinar, meterles a los inocentes niños ideas zurditas en la cabeza y tener quilombo con los padres o con las autoridades de la escuela. Pero más de una vez me tengo que morder la lengua. No es la primera vez, por cierto.

Nota al pie: Me pregunto cómo seré cuando tenga mis propios hijos, la cantidad de cosas que -sin darme cuenta- les meteré en la cabeza (para bien o para mal) y la cantidad de macanas que me mandaré con ellos. Ser maestra no te sirve para planificar mejor la propia maternidad, sí acaso para intuir muchas de sus futuras dificultades y problemas. De hecho, desde que trabajo en las salas, he postergado al menos un lustro mi decisión de tener hijos. ¡Cada vez me siento menos preparada para semejante empresa!