El enamoramiento es esa primera sensación de mariposas en el estómago que tenemos cuando acabamos de conocer a alguien. En ese momento, nos parece la persona más atractiva, dulce, simpática, inteligente del universo. Es nuestra alma gemela, es nuestro ideal -cada uno sabe cómo es su ideal, por suerte no todos buscamos lo mismo en una pareja-. Cuando estamos con él o con ella, nos sentimos en las nubes. No todo es color de rosa, sin embargo: nos ponemos colorados, nos agarran palpitaciones, algunos sensibles vomitan, se orinan encima o se infartan...
Supongamos que tuvimos suerte: el enamoramiento fue correspondido e iniciamos una relación. Al prncipio, todo es adrenalina, lujuria, pasión, como quieran llamarlo: queremos estar junto al otro día y noche, nos llamamos, nos mensajeamos, nos e-maileamos, nos faxeamos, nos telepateamos sesenta y tres veces por hora.... Festejamos las horas, días, minutos, segundos que llevamos juntos. Una pelea parece imposible: ¿Cómo discutir con alguien perfecto?
La relación puede agotarse una vez que dejamos atrás esta etapa ideal e irreal que llamamos enamoramiento. Al pasar tiempo con la otra persona, la vamos desidealizando, le descubrimos sus defectos (al tiempo que mostramos los nuestros). Aparecen los desacuerdos. Y descubrimos que extrañamos el resto de nuestra vida: ¿Y mis amigos, cuánto hace que no los veo? ¿Y aquello que yo solía hacer en un edificio grande lleno de afiches, libros y gente con la remera del Che (¡ah, cierto, ir a la facultad!)? ¿Y cuánto hace que no alquilo una peli europea porque al "gordi" le gustan las de Holliwood? En esos casos, la pareja se termina.
Pero, con voluntad y paciencia, podemos adaptarnos al otro tal cual es, sin esperar que sea perfecto, que nos acompañe en toooodo lo que hacemos y sin tener que estar pegados las 24 horas: somos novios, no siameses. En ese caso, podríamos hablar de amor.
En el amor, el otro no es la persona más atractiva del planeta (o tiene celulitis, o várices, o se come las uñas; o bien tiene sus buenos rollitos). Pero nosotros tampoco lo somos (o nos maquillamos para ocultar resabios de acné, o nos teñimos las canas, usamos tacos para disimular nuestro metro cincuenta; ellos se matan haciendo abdominales pero después no hay asado que se les resista, además ya no nos oculta bajo un sombrero su peladita incipiente).
Hace rato dejamos de creer en las almas gemelas: la pareja no se forma en el cielo, se la construye día a día con paciencia y voluntad. Una pelea nos parece a veces, inevitable: ¿cómo no discutir cuando ambos somos distintos? Cuando estamos con él o ella, nos sentimos cómodos siendo quienes somos: no tememos abrir nuestro corazón, compartir nuestros miedos y frustraciones, y acompañar al otro en su propio camino sin pegarnos a sus pies. Podemos hacer cada uno su vida, acompañándonos sin estar encima del otro todo el tiempo. Una llamada para decir "te quiero" es más importante que diecisiete tarjetas electrónicas repletas de corazoncitos.
El enamoramiento es una sensación; el amor es un sentimiento. El enamoramiento es una carrera; el amor, un camino. El enamoramiento es una puerta; el amor es un hogar. El enamoramiento suele durar unos meses. El amor, con suerte, toda la vida.
(Como no podía ser de otra manera, este texto te lo dedico a vos, Javier)