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viernes, agosto 15, 2008

Preguntas de practicante

Transitando lo que si todo sale bien será el último cuatrimestre de una larga carrera universitaria, se me vienen muchas cosas a la cabeza. Algunos recuerdos nostálgicos de lo mucho que viví acá. Muchas expectativas para el futuro -aunque no sé cuáles con exactitud. Y un manojo surtido de miedos.
Por ejemplo, ahora nomás me toca enfrentarme con las dos o tres semanas de práctica de la enseñanza. ¿Qué voy a hacer frente a una manada de adolescentes en su hábitat, yo, una forastera? ¿Cómo confrontarlos? ¿Cómo hacer para que no me rompan la jeta de un botellazo, no me incendien el pelo y me filmen y lo suban a Youtube? En un tono un poquitín menos apocalíptico, ¿Cómo llegarles? ¿Cómo evitar que se duerman durante todas mis clases? ¿Servirá de algo esta práctica? ¿Llegaré a ejercer la docencia -en secundario- algún día? ¿Aprenderé de mis errores o a los pibes no les quedará más remedio que soportarme hasta egresar?
Mientras tanto, vengo retrasando el momento de comenzar con la preparación de las clases y todo eso. Un poco son mis miedos. Y otro poco es la extraña sensación de que sí, de que realmente se termina, de que es una etapa a la cual sólo le queda cerrarse.

miércoles, julio 16, 2008

Vacíos

A mí siempre me ha costado lidiar con los espacios en blanco. Me cuesta cuando las casillas no están todas completas, cuando hay vacíos. Tal vez por eso me dediqué a escribir en un primer momento: para tapar el blanco infame de las hojas, que pareciera reirse en mi cara. Tal vez por eso también, mientras hablo por teléfono, pinto con una birome los huecos de las letras O de todo folleto que cae en mis manos. No me gusta lo incompleto, lo indefinido, lo indeterminado.
Y sin embargo, estoy en un momento de mi vida donde necesariamente me toca atravesar páginas en blanco, lugares vacantes, casillas sin completar. La incertidumbre que me espera allá, al fondo del último puente, del último parcial y de la última monografía del último cuatrimestre de mi carrera -que ya llevo recorriendo casi ocho años-. El gran salto al vacío que implica soñar con construir nuestra vida junto a otra persona. Las dudas, preguntas, sueños interrumpidos por un brusco despertar.
Creo que mi ausencia prolongada de este espacio también es una manera de expresar el vacío que siento a mi alrededor. Por momentos me siento rodeada de gente a la que adoro, que me conoce y que me comprende, por momentos estoy sola flotando en un mar de niebla. Pero a la vez sé que es importante aprender a lidiar con el vacío. Que no puedo tener siempre todo guardadito en un cajón, todas las camisas colgadas de su respectiva percha, todos los lápices con punta. Tengo que animarme a cruzar el puente, aunque no sé qué hay del otro lado y me da miedo precipitarme al abismo. Tengo que dar el salto con la confianza en que somos dos los que saltamos, de la mano, creyendo que el aterrizaje será suave.
Y aunque sea, esta noche hay una página en blanco menos que me mira muerta de risa.

viernes, febrero 22, 2008

Tan sólo seis grados de separación

Hay veces en que determinados mensajes nos llegan por más de una fuente en un mismo día, y entonces, al menos en mi caso, me resulta imposible no creer que el universo me quiere decir algo. Hoy, por ejemplo, me deja un mensaje Flor, que es la primera vez que viene al blog, y que justo había escrito esto. Y yo justo estuve hablando con mi amiga Lucre de la teoría de "seis grados de separación" (six degrees of separation). Les comento brevemente lo que ésta dice.
Si vos y tu amigo se conocen, están separados por un grado. Si tu amigo conoce a otra persona que vos no conocés -por ejemplo, su profesor particular de guitarra- el profe y vos están separados por dos grados. Pues bien, la teoría dice que en el mundo no hay dos personas que estén separadas por más de seis grados. En fin, que el mundo es un pañuelo, qué chico es el mundo, etc.
Esta teoría se ha intentado demostrar matemáticamente así como con experimentos, pero nunca ha sido reconocida científicamente, por lo que algunos no la consideran más que una "leyenda urbana". Por lo demás, ha dado origen a una obra de teatro, películas, series de televisión (cómo no pensar en la primera temporada de Héroes, por ejemplo).

Me puse a pensar. Por lo pronto, no me queda muy en claro qué significa exactamente "conocer" a alguien. ¿Puedo decir que "conozco" a Bono, el cantante de U2, porque lo vi cuando se asomó a saludar a sus fans -entre los cuales me encontraba- desde el balcón del hotel cuando estuvo en Buenos Aires? Me parece que no, ni qué decir por haberlo visto a veinte metros desde el estadio donde la banda tocó para 80.000 personas. O sea, yo podría cancherear y decir "conozco a Bono", pero esto es a todas luces falso desde el momento en que Bono nunca va a decir "Sí, yo conozco a Mariana, era una chica alta y flaquita de remera negra que estaba sobre los hombros del novio cuando tocamos One el 7 de marzo de 2006 en River...". Ok, entonces definamos que conocer a alguien implica, mínimamente, que los dos reconozcan que "conocen" al otro y sepan al menos su nombre.
¿Y qué hay con alguien que conociste en el pasado pero hace años que no ves? Por ejemplo, ¿puedo decir que con mi maestra de la sala amarilla aún estamos separadas sólo por un grado, o ya es parte de la anónima multitud? Bueno, de todas maneras, seguro que mi mamá conoce a la que resulta era tía de un compañerito mío que hace poco se encontró por la calle con la señorita Myriam y que ésta le dijo "Dieguito, qué grande que estás...".

De cualquier manera, me parece que algo de verdad puede haber en esta teoría de los seis grados. Hoy charlando con mis compañeras en el jardín donde trabajamos alguien tira el ejemplo de Bush, creo. Pensándolo bien, con los famosos es fácil: supongamos que conozco a un amigo que tiene un amigo que conoce a alguien de medios. No sería tan raro. Este periodista conoce a la presidenta, o al menos a alguien en su entorno directo. Y bueno, la presidenta tiene el (dis)gusto de conocer a Bush, al menos, como dirían en su lengua, "on a first name basis".
Lo más difícil es creer que algo me une con el ejecutivo que acaba de ser despedido por una multinacional en Tokio. O con la panadera nicaragüense que todas las mañanas madruga para amasar. O con un bebé desnutrido nacido en Somalía. Sin embargo, con un poco de imaginación, llego a imaginarme que estamos, de alguna manera, todos nosotros conectados.
¿Qué implicaciones tendría la teoría de ser cierta? Para empezar, estamos todos mucho menos solos. Para los corazones solitarios que buscan al amor de su vida en multitudes anónimas, es un alivio saber que sólo seis pasos los separan de él o ella. Ja, si bastaría con conocer a alguien que te presente a alguien que conoce a alguien que justo conoce a alguien que conoce a alguien que te presente a ese bombonazo espectacular con el que tanto soñaste...
A la vez, qué laberinto de gente para llegar a encontrar esos seis pasos. Somos tantos, cada vez más. Tal vez la teoría de los seis grados de separación fascina porque en realidad es tan remotamente improbable y sin embargo, podría ser cierta. ¿Acaso alguien está en condiciones de refutarla?

martes, noviembre 06, 2007

Mi filosofía de las espinacas

Cuando era chica, siempre que mi mamá nos servía algo que nos gustara junto con algo que no -por ejemplo, milanesas con espinaca-, recuerdo que yo cada vez apuraba las espinacas, para después disfrutar tranquila de las milanesas. No me permitía ni probar un poquitito de mi comida favorita hasta tanto no terminara la que menos me gustaba. Mi hermana hacía lo contrario: se comía primero lo más rico, para después estar largo rato jugando con la comida que no le gustaba, ahí todavía en su plato.
Desde aquel entonces han pasado muchos años, pero yo a lo largo de mi vida reflexioné sobre esta cuestión, y me parece advertir que las personas, en general, nos dividimos en aquellas que comemos primero las espinacas, y aquellas que las dejamos para después.

Las espinacas pueden ser informes para nuestro trabajo, estudiar para un examen, ir a visitar a un familiar por compromiso, sacar un turno con el médico, o cualquier cosa que uno viva como una obligación. Las milanesas son aquellas que más nos gustan, en mi caso puede ser verme con mis amigos o mi novio, tirarme a leer panza arriba, ir a comprar un par de sandalias o salir a dar una vuelta por la plaza. Todas aquellas cosas importantes que, hasta que no resuelva las urgentes, no tienen cabida. Hay gente que en cambio posterga, posterga, posterga... se distrae haciendo cosas que le gustan pero que podrían esperar, cuando el examen, la fecha de entrega, la reunión o el día de pago le vienen pisando los talones.

Tal vez lo ideal sea poder combinar las dos cosas: un bocado de espinaca, uno de milanesas, otro de espinaca, otro de milanesas... para así no ser ni demasiado autoexigentes ni por el contrario, autoindulgentes. Es cuestión de alcanzar el equilibrio. Creo que de a poco debería aprender a hacerlo. Después de todo, si uno se atraganta con las espinacas, tampoco va a llegar a disfrutar nunca de las milanesas...

jueves, octubre 11, 2007

En la ciudad de la furia

El lunes un tipo asaltó a mi novio cuando él estaba saliendo de su casa. Lo hizo pasar un momento espantoso y hoy tiene que sentirse agradecido porque después de todo, no lo lastimaron. Ayer estuve escuchando a Ronnie Arias en la Metro hablando sobre las víctimas de violación, sobre el calvario de las denuncias -donde prácticamente la mujer violada es considerada una putita de mierda hasta que demuestre lo contrario-. Hoy, el caso de una mujer asaltada que persiguió y mató al ladrón está en todos los medios argentinos.

Me es imposible hablar de otra cosa, entonces, que de la violencia. Uno se siente rodeado, aunque intente evitarlo. Un hecho como el que le tocó a Javier esta semana se repite cotidianamente: tal vez porque en esta ocasión la víctima fue alguien de mi entorno, yo estoy así de impresionada. El resto del tiempo, uno parece estar anestesiado. De tanto que los medios nos bombardean de muertes, robos, secuestros, asaltos, violaciones, nos vamos insensibilizando. ¿O no es así? Tal vez intentamos seguir viviendo como si nada pasara, pero en realidad no podemos salir a la calle sin sentir un poco de miedo, ya casi una costumbre.
Algunos piensan que el problema de la seguridad se soluciona con mano dura, mayores controles policiales, penas ejemplares a los delincuentes convictos. No estoy de acuerdo. Para que eso funcionara en primer lugar, habría que desmantelar y reconstruir todo el corrupto aparato policial y judicial. Pero además, estoy convencida de que el aumento de la violencia se debe a la impresionante brecha social entre ricos y pobres, lo que genera desesperanza y resentimiento. Haría falta una fuerte política de redistribución de ingresos para que no haya excluidos, además de educación, claro. De cualquier manera, la delincuencia no es exclusividad de los así llamados "sectores marginales". Los peores chorros tiene más dinero que cualquiera de nosotros, lectores. La violencia está en todos los estratos de la sociedad.
La misma ciudad nos violenta, con sus multitudes anónimas e irrespetuosas, con los colectiveros que no paran en un día de lluvia porque "se les rompió la máquina" (¡que dejen viajar gratis entonces! ¿Por qué perjudicar al pasajero?). Ni qué decir la televisión: así como ver constantemente reality shows pelotudiza a la gente, ver noticieros nos hace inmunes al dolor ajeno, o eso pareciera.
Hay gente que ante hechos delictivos decide irse del país: yo creo que en ese sentido, Buenos Aires es una más de cualquiera de las grandes metrópolis del mundo. No sé si alguna vez me iré del país (espero que no) pero -como he dicho en alguna otra ocasión- no quiero pasar el resto de mi vida en esta ciudad. Y si bien en ningún lado uno está indemne, cada vez más pienso en que me gustaría vivir en algún lugar más tranquilo. Me pregunto si realmente lo habrá.

Mientras tanto, la violencia, la sufrida en carne propia, la contemplada en silencio, la que nos rodea a diario, nos va royendo, nos va debilitando. Nos va sacando las esperanzas y dejando odio, impotencia, resentimiento, rencor, furia y deseo de venganza. De esta manera, no hacemos más que reproducir en nuestro interior la violencia exterior. Debemos hallar la manera de quebrar esta espiral.

jueves, septiembre 20, 2007

La belleza a través de los años

Hoy jueves, seis de la tarde. Camino por una soleada Plaza Houssay, mirando despreocupadamente los puesteros que muestran, en coloridas mantas sobre el piso, cantidad de cosas viejas. Me detengo en un puesto que tenía revistas, donde dos señores septuagenarios conversaban. Uno de ellos me habla, señalándome una vieja tapa de "El Gráfico" que mostraba a dos jugadores de Boca de los años 40:

- ¿A ver, señorita, verdad que estos jugadores tenían cara de hombres?
No puedo evitar sonreirme:
- Bueno, sí, disculpe pero me causa gracia su pregunta. ¿De qué otra cosa podrían tener cara? ¿De zapallos?
A esto siguió un simpático diálogo con el anciano que, como se verá a continuación, tenía ganas de mirarme durante un rato más largo del que podía implicar mi corta pasada por su puesto de revistas. Me compró cuando me preguntó si yo tenía 18 años (!), por lo cual no podía acordarme, ni mis padres, de aquellos jugadores. Luego, cuando hablé de mis abuelos (que seguramente sí recuerden la época de esa tapa), me preguntó:
- ¿Usted es descendiente de alemanes o de austríacos?
(Me suelen preguntar esto por mi tez blanquísima y mis ojos claros, que encima hoy llevaba llamativamente maquillados).
- No...
- ¿De italianos del norte?
- Bueno, -digo yo- ya que pregunta, de polacos y de italianos, pero lo rubio me viene de mi abuela polaca ya que mi abuelo tano era bien morocho.
Finalmente, el viejito terminó invitándome a jugar un picadito de fútbol mañana (sic). Lo saludé con una carcajada y seguí caminando.

Me quedé pensando, más que en el fallido intento de levante del señor, en su pregunta que motivó la charla. ¿Por qué los jugadores de 1940 tenían según él "cara de hombres"? ¿Acaso los de ahora, no? ¿Estaría refiriéndose a que ahora juegan cada vez desde más chicos? No lo creo. Seguramente, se habrá quedado fijo en un patrón de belleza propio de la época de su juventud, y que -claro- no coincide con el de hoy. De hecho, en el breve período de mi vida (no tan breve como creyó el anciano), he visto modificarse este tipo de patrones: hace unos años, las modelos aparecían hiper bronceadas. Hoy, con el agujero de ozono, el índice UV y el cáncer de por medio, se han puesto de moda chicas más al natural -a lo sumo con autobronceante-. En cuanto a los hombres, ya fue el look grunge que pusiera en boga Kurt Cobain. Hoy se usa la moda metrosexual, los tipos se cuidan y se producen casi tanto como nosotras.

Mirando mi reflejo en una vidriera, me pregunté si yo misma no tendré un look algo alejado de la belleza actual: capaz que el viejo me vio bonita porque le recordé una época ya pasada, con mi palidez y mi aspecto despojado. Pero finalmente, para qué gastarse tanto en reflexionar sobre la belleza, siendo algo tan cabiante y tan diferente incluso para contemporáneos de distintas generaciones. Lo único que importa, concluí mientras retocaba mi peinado, es sentirse lindo uno mismo... será un lugar común, pero nunca como hoy me pareció más cierto.

miércoles, septiembre 12, 2007

¿Enamoramiento o amor?

El enamoramiento es esa primera sensación de mariposas en el estómago que tenemos cuando acabamos de conocer a alguien. En ese momento, nos parece la persona más atractiva, dulce, simpática, inteligente del universo. Es nuestra alma gemela, es nuestro ideal -cada uno sabe cómo es su ideal, por suerte no todos buscamos lo mismo en una pareja-. Cuando estamos con él o con ella, nos sentimos en las nubes. No todo es color de rosa, sin embargo: nos ponemos colorados, nos agarran palpitaciones, algunos sensibles vomitan, se orinan encima o se infartan...
Supongamos que tuvimos suerte: el enamoramiento fue correspondido e iniciamos una relación. Al prncipio, todo es adrenalina, lujuria, pasión, como quieran llamarlo: queremos estar junto al otro día y noche, nos llamamos, nos mensajeamos, nos e-maileamos, nos faxeamos, nos telepateamos sesenta y tres veces por hora.... Festejamos las horas, días, minutos, segundos que llevamos juntos. Una pelea parece imposible: ¿Cómo discutir con alguien perfecto?
La relación puede agotarse una vez que dejamos atrás esta etapa ideal e irreal que llamamos enamoramiento. Al pasar tiempo con la otra persona, la vamos desidealizando, le descubrimos sus defectos (al tiempo que mostramos los nuestros). Aparecen los desacuerdos. Y descubrimos que extrañamos el resto de nuestra vida: ¿Y mis amigos, cuánto hace que no los veo? ¿Y aquello que yo solía hacer en un edificio grande lleno de afiches, libros y gente con la remera del Che (¡ah, cierto, ir a la facultad!)? ¿Y cuánto hace que no alquilo una peli europea porque al "gordi" le gustan las de Holliwood? En esos casos, la pareja se termina.

Pero, con voluntad y paciencia, podemos adaptarnos al otro tal cual es, sin esperar que sea perfecto, que nos acompañe en toooodo lo que hacemos y sin tener que estar pegados las 24 horas: somos novios, no siameses. En ese caso, podríamos hablar de amor.
En el amor, el otro no es la persona más atractiva del planeta (o tiene celulitis, o várices, o se come las uñas; o bien tiene sus buenos rollitos). Pero nosotros tampoco lo somos (o nos maquillamos para ocultar resabios de acné, o nos teñimos las canas, usamos tacos para disimular nuestro metro cincuenta; ellos se matan haciendo abdominales pero después no hay asado que se les resista, además ya no nos oculta bajo un sombrero su peladita incipiente).
Hace rato dejamos de creer en las almas gemelas: la pareja no se forma en el cielo, se la construye día a día con paciencia y voluntad. Una pelea nos parece a veces, inevitable: ¿cómo no discutir cuando ambos somos distintos? Cuando estamos con él o ella, nos sentimos cómodos siendo quienes somos: no tememos abrir nuestro corazón, compartir nuestros miedos y frustraciones, y acompañar al otro en su propio camino sin pegarnos a sus pies. Podemos hacer cada uno su vida, acompañándonos sin estar encima del otro todo el tiempo. Una llamada para decir "te quiero" es más importante que diecisiete tarjetas electrónicas repletas de corazoncitos.

El enamoramiento es una sensación; el amor es un sentimiento. El enamoramiento es una carrera; el amor, un camino. El enamoramiento es una puerta; el amor es un hogar. El enamoramiento suele durar unos meses. El amor, con suerte, toda la vida.


(Como no podía ser de otra manera, este texto te lo dedico a vos, Javier)

lunes, agosto 20, 2007

Acerca de la vertiginosa carrera del tiempo

No sé si es por mi dificultad para vivir en el presente y estar siempre anticipándome, lo cierto es que por momentos me parece que el tiempo transcurre vertiginosamente rápido. No me refiero al "uy, ya estamos casi en primavera, qué rápido se está pasando el año", o eso también, pero es más bien una cuestión de qué efímera que es nuestra vida en la Tierra, qué fugaces que somos las personas. A veces me parece que fue ayer cuando tenía 6 años y me asombraba de ir a la escuela mientras que mi hermana todavía estaba en el jardín.Tengo amigos a los cuales conozco hace veinte años (mejor dicho, una amiga). Gente que digo conocer "desde hace poco" resulta que han pasado cinco años o más. Ahora mi carrera universitaria me parece larga, porque falta poco para que la termine y estoy algo impaciente por tener mi título, pero sé que dentro de poquísimo tiempo estaré asombrada de ya no estar cursando como lo he hecho en los últimos años. Ahora pienso en mi futuro -en mis treinta, cuarenta, sesenta años- como algo muy lejano. Pero llegarán, y pasarán, y si tengo la suerte de vivir tanto tiempo, estaré pronto mirando hacia atrás, asombrándome de la vida y de lo rápido que pasó. Y así con todo.

Cuando uno tiene la suerte de haber vivido la vida que quiso, de amar y ser amado, de haber construido proyectos y sueños, de haberlos disfrutado, esto no tiene por qué ser necesariamente malo. Lo veo a mi abuelo, con sus setenta y pico de años, y lo veo un hombre satisfecho y feliz. Pero eso no quita que lo oiga murmurar cada tanto, "pucha, qué rápido pasa el tiempo". Él mismo no debe poder creer por momentos estar ya tan instalado en la vejez, estar contemplando su vida desde el ocaso.

En cuanto a mí, por una vez, no estoy apurada por crecer. Amo mi edad, me encanta mi vida actual, no tengo necesidad de que nada cambie para ser feliz. Simplemente porque lo soy ahora. Y sin embargo, nada es permanente salvo el cambio. Hoy pensaba en cómo los seres humanos nos esforzamos por trascender de algún modo, por no dejar este mundo sin escribir nuestro nombre en piedra. Y no pensamos que la piedra en la cual tallamos, también algún día se va a desintegrar. Componemos sinfonías, escribimos novelas, inventamos sistemas económicos, teemos hijos... todas formas de buscar la utopía inalcanzable de la trascendencia. Porque un día no habrá nadie que escuche nuestras sinfonías, nadie que lea nuestras novelas, nadie que viva según las reglas de ningún sistema económico. Nosotros, nuestros hijos, nuestra especie, nuestro mundo y el universo entero, todos estamos destinados a desaparecer algún día. Y esto no es trágico, simplemente es así.

Tenemos que aceptar que interpretamos un papel breve. Que nuestra presencia en el mundo es algo transitorio. Disfrutémosla mientras tanto.

martes, julio 17, 2007

¿Cuándo nos vamos a dar cuenta? Las palabras no son inocentes

Ayer tuve que morderme la lengua durante una reunión de trabajo. Una bienintencionada mamá, preocupada porque su nena está pasando una época de mucha angustia, comentó "qué sé yo, ya no sé qué pensar. Será que lo hereda de mis abuelos, que son judíos. Es tan común para ellos ser dramáticos, hacerse problema por todo forma parte de su manera de ser...". Y ahí nomás salta la directora: "Sí, es algo instalado en la raza. Pero no te preocupes: yo tengo una amiga cuyos padres son judíos, y cuando vinieron a Argentina, lo primero que hicieron fue ingresar a las chicas a un colegio recontra-católico, y ¡no sabés lo bien que se criaron esas chicas! Es algo que se puede corregir".
Yo transpiraba. Sentí, primero, vergüenza ajena ante semejante demostración de ignorancia. Segundo, mucha bronca. ¿Cómo se puede una persona dar el lujo de hacer tan inocentemente un comentario tan peligroso? Tercero, la necesidad de no intervenir: quería escuchar qué decía la mamá. Después de todo, se estaba hablando de su familia. Pero, para mi gran desilusión, la conversación tomo otro giro.
Pero esto no fue todo. Una vez que la mamá se fue, la directora nos dice a las maestras: "Ésa es la cuestión [por la cual esta chiquita se angustia tanto], es algo tan natural de los judíos..." Y ahí sí tuve que saltar: "Eso es una generalización muy grande, no es así". A lo cual me respondieron con un comentario tonto restándole importancia al tema.

Me puse a pensar que la palabra "raza" debería extirparse de nuestro vocabulario, salvo para referirse a animales. Mi amiga Vicky, que se interesa mucho por la antropología, me explicó que de hecho, ya no se usa. A lo sumo, se hace referencia a una etnia (f. grupo humano con características físicas, culturales y nacionales homogéneas). Existe una sola raza humana, eso está claro. Si me quieren hablar de diferentes culturas, de diferentes historias, de diferentes tradiciones, bueno, puede ser. Pero una cultura nunca será algo "natural", que "venga instalado", y mucho menos algo que haya que "corregir".
También pensé en aquellas chicas (hoy seguramente viejitas católicas conservadoras como su amiga) y en la crisis de identidad que se les debe haber producido: renegar absolutamente de su fe, pasarse a un ámbito fanático de otra, donde deben haber sido miradas como parias... ¿cómo puede decir que se hayan criado bárbaro? Y si hubieran sido educadas en su fe judía, ¿acaso qué? ¿Se habrían criado "mal"?

A todo esto, se me podría responder que ella en ningún momento planteó nada peligroso, ninguna crítica hacia los judíos que no haya hecho la misma mamá de la nena (de familia judía), así como lo hacen Woody Allen, Jerry Seinfeld, Jorge Ginzburg y otros comediantes judíos que saben reirse de sí mismos sin ofender a nadie. Pero para mí, lo grave no radica en la generalización "los judíos son dramáticos" (que en definitiva es la misma pavada que decir "los gallegos son tontos", "los argentinos son orgullosos", "las mujeres no saben manejar", generalizaciones sobre las cuales se construyen tópicos de diversos chistes).
Lo que sí me parece terrible e imperdonable es el uso de una palabra con tanta carga histórica como "raza", que ha justificado no sólo el Holocausto, sino también el genociodio de los pueblos americanos y la esclavitud de los pueblos africanos, entre otras bestialidades. Por lo tanto, este término no puede usarse impunemente.
Las palabras tienen una historia, y la cuentan cada vez que las utilizamos. Las que elegimos para expresarnos tienen una carga semántica a la cual no podemos sustraernos. La lengua no es inocente. Evidentemente, sus hablantes tampoco.

miércoles, julio 04, 2007

Sobre la muerte

Hoy murió una persona a quien yo conocí muy poco, pero que era muy importante para alguien que me es muy querido y cercano. Personalmente, creo que tuvo la mejor de las muertes: tenía ochenta años recién cumplidos, estuvo un par de meses internada y volvió a su casa, pocos días antes de morir durante el sueño. No sintió dolor, ni siquiera se dio cuenta de lo que le pasaba. Aunque para su familia sea muy triste y muy duro, creo que para ella fue lo mejor. Ahora ya no sufre.
A partir de esto, me puse a pensar en el tema de la muerte, y se me vinieron a la cabeza las típicas preguntas que todos nos hacemos de vez en cuando. Las respuestas algunos las sacamos de la fe, otros de la ciencia, otros dejan ese espacio en blanco para que se complete eventualmente, cuando les toque.
Alguna vez creí con tanta firmeza en el Cielo, en la vida eterna... hoy no sé bien en qué creo. Pero de alguna manera, esto hace que me aferre a la vida con más ganas: es lo único que tengo, que por ahora puedo palpar y percibir. Tal vez, mi necesidad de control me haya llevado de más joven a temerle muchísimo a una muerte inesperada, creía que pensándolo podía "neutralizarlo" con el pensamiento, así que vivía imaginándome catástrofes, accidentes, enfermedades. Algo de esto aún me queda con mi tendencia a la hipocondría.
Es preferible dejarlo ir. Las muertes ajenas sean tal vez la mejor manera para reconciliarnos con nuestra vida diaria, con los problemas que ésta traiga. Hoy disfruté de mi entrenamiento de Tae Kwon Do más que las últimas clases. Mi comida me pareció más rica que nunca. Los compromisos laborales de mañana no me pesan tanto.
Ojalá pudiera hacerlo todos los días, vivir el día disfrutándolo con sus cosas buenas, sin intentar aferrarme a un futuro que por definición es incierto...

jueves, mayo 31, 2007

¿Vale la pena?

Como muchos de ustedes deben saber, tengo dos trabajos como docente de inglés. El de la mañana es mi principal ingreso, un empleo estable (al menos todo lo estable que se puede esperar en el contexto de precarización laboral en el que vivimos), con buenas condiciones de trabajo, buenas compañeras y un sueldo que me permite solventar mis gastos básicos mes a mes. El segundo son unas cuantas horitas en un instituto de Once, por la tarde. Con la plata que saco de ahí, cubro gastos inesperados y me permito darme algunos gustos.

Lo cierto es que cada vez detesto más este segundo trabajo. El horario es pésimo, porque me corta la tarde (cuatro tardes por semana, a veces por dar sólo una hora de clase, que podría dedicar a la facultad). Hoy me peleé con una de mis empleadoras (vieja antipática si las hay), o sea que de clima cordial de trabajo mejor no hablemos. Estoy en negro, es más, me obligan a presentar facturas que ni siquiera son mías. Pagan muy poco. Para colmo de males, las condiciones de trabajo son pésimas: para dar inglés, no tengo reproductores de CD, sino viejos grabadores que se descomponen a cada rato y cassettes que han sido regrabados una y otra y otra vez. Tengo libros de texto, pero no se molestaron en comprar los posters y las tarjetas que vienen con ellos, y con los cuales se deberían realizar las actividades (recuerden que enseño a chicos, son necesarios los materiales, a veces mucho más que los libros en sí). Apenas hay juguetes y juegos a mi disposición, ni que decir materiales de librería, como cartulinas, papel glacé, plasticolas, tijeras... a duras penas me pagan las fotocopias.

En fin, ¿por qué sigo ahí? Bueno, por un lado, necesito un poco -no mucho- un poco más de plata para llegar tranquila a fin de mes. Pero sobre todo, porque me encariñé con los chicos. Me da pena pensar en dejarlos. Lo que ocurre es que últimamente ellos vienen siendo la única razón para quedarme, y estoy tan disconforme con el lugar que siento que está afectando mis clases: no les pongo ganas, siento que me quitan tiempo de estudio, me da bronca seguirles el juego a estas viejas turras en las condiciones en las que me tienen... Y ya sé que los chicos no tienen la culpa, pero no puedo evitar pensar que de alguna manera deben percibir mi desgano, por más que me esfuerce en ocultarlo cuando estoy con ellos. En fin, ¿Vale la pena quedarme? Dando clase a estos chicos a pesar de todo, ¿los beneficio o los perjudico?

Y otra cosa: si decido dejar este trabajo, ¿me conviene hacerlo recién cuando consiga otra cosa? ¿O es preferible arriesgarme para tener más iniciativa? ¿De qué trabajar? Quiero agarrar algo chiquito, unas pocas horitas a la semana, como acá, y cuánto me gustaría que fuera algo relacionado con mi carrera. Desafortunadamente, es difícil encontrar todo esto en un aviso clasificado.

Esta vez pongo "Consejo" en las etiquetas porque me gustaría recibir alguno...

miércoles, mayo 09, 2007

Sueño con cables

Tengo el sueño recurrente, y muy agradable, de que vuelo. Sé que debe ser muy común, pero cada vez que me toca soñarlo siento como cuando estamos haciendo zapping y justo nos encontramos con esa peli que ya miramos varias veces, pero que justo teníamos ganas de volver a ver.

Para volar, simplemente extiendo mis brazos, corro tomando carrera y me despego del suelo. Así nomás. Por lo general está anocheciendo, o es de noche. A menudo estoy sobre una ciudad que es y no es Buenos Aires, que me sorprende con extrañas edificaciones y parques en sitios inesperados. Y a veces la gente me ve volar. Una vez, soñé que todos los que me veían me tiraban piedras, pero yo subía cada vez más alto y nadie me alcanzaba. ¿Señal de que debo fortalecerme contra las críticas? Algunas veces asciendo hasta que la ciudad es sólo una mancha luminosa. Y no tengo miedo de caerme. Es difícil subir, pero una vez que estoy flotando, no hay peligro.

Salvo uno: los cables de alta tensión. Por lo general son muchos, y llegan muy alto, y se enredan entre sí. A veces se mezclan con las ramas de los árboles. Y yo tengo que volar atravesándolos, son imposibles de esquivar y sé que tocarlos sería mortal. Creo que subiendo voy a conseguir dejarlos atrás (mejor dicho, abajo), pero no hay modo, siempre me quedan manojos de cables por atravesar. He llegado a la conclusión, bastante obvia por cierto, de que representan los obstáculos que uno se encuentra en la vida: la única manera de dejar atrás a cada uno de ellos es morirse.

La otra noche, caminando hacia la facultad, me detuve a observar un tren del subte A que se dirigía a la terminal (por afuera del tunel, por la calle). Los cables chispeaban. Involuntariamente, rememoré mi sueño serial. Miré los cables de la calle: nunca son tantos como los que hay en mi cabeza. Tampoco son tantos los problemas reales como los que yo misma me creo, imaginándolos y proyectándome a futuro.

Quiero a este sueño además porque de alguna manera inexplicable me une con mi papá: una noche, cada uno en su casa, los dos soñamos exactamente lo mismo. Nos pusimos a hablar del tema de casualidad, después de un almuerzo en lo de mis abuelos. Se me puso la piel de gallina cuando me lo contó: era igual al mío. La manera de volar, los cables que había que esquivar. Salvo el detalle de que, en su sueño, mi viejo volaba llevando un portafolios, y yo con mi mochila de siempre.

sábado, febrero 17, 2007

De lectura obligatoria

Cuando la lectura por placer se transforma en una tarea a cumplir... ¿qué hay que hacer? Me resulta particularmente difícil abandonar un libro una vez empezado. Supongo que por el mismo motivo que jamás apago por la mitad una película que alquilé, por mala que sea: siento que, después de todo, algo bueno debe venir más tarde, y que si dejo de leer ahora, nunca lo voy a retomar, por lo que siempre tendré que quedarme con la duda.
Por otro lado, Borges me hubiera dicho que si un libro no me atrapa, lo deje: no debe haber sido escrito para mí, o por lo menos, no para mí ahora. La gente cambia. Los gustos de lectura también. Me acuerdo de cuando leí por primera vez el primer tomo de En busca del tiempo perdido. Me pareció un auténtico embole, me pregunte dónde estaba el tiempo que yo había perdido leyéndolo. Pero unos años depsués, tuve que volver a leerlo en la facultad. Y esta vez, no lo dejé en el tomo I, sino que no paré hasta el VII, y hoy puedo decir que es una de las obras más bellas que leí en mi vida.
Tal vez lo malo sea el leer como obligación. Lo que me pasa es que me trabo con un libro aburrido y no me permito cerrarlo y pasar al siguiente. ¿Conclusión? Dejo de leer por un mes, hasta que finalmente lo termino, a duras penas.
Quizás sea hora de abandonar este estúpido rasgo mío, que representa como otros tantos mi inmensa autoexigencia. Después de todo, para leer por obligación existen las cursadas.

lunes, noviembre 20, 2006

Estudiante ¿Por qué?

¿Por qué lo urgente no le deja lugar a lo importante? Hace cinco años que estudio la carrera de Letras, y en todo este tiempo asistí a un solo congreso. Aquella vez, fue el año pasado, en Santa Fe. Claro, la motivación de viajar, preparar un trabajo y todo... fui a ponencias interesantes y conocí gente copada. ¿Por qué me cuesta tanto repetir este tipo de experiencias?
Cuando los congresos son en Buenos Aires, debería no tener excusas. Esta semana hay dos de los que me interesaría participar: uno de ellos es un encuentro de estudiantes. Y la verdad es que no sé si es fiaca o miedo a no tener nada que decir o qué, pero me cuesta ponerme las pilas y organizarme una tarde para ir. Claro, no es que esté sin hacer nada: tengo mil cosas que preparar para el trabajo, más las cosas de la casa, más el final de Literatura Francesa, más Tae Kwon Do, etc.
Pero, ¿será que no puedo hacerme un ratito para ir a un evento de mi carrera? ¿Es que la facultad para mí es sólo meter materias? A esta altura, ni siquiera la parte social de cursar me motiva. Hace rato que no me hago ningún amigo ahí adentro, y aquellos que sí conocí en la facultad, hoy siguen siendo mis amigos, pero sobre todo por afuera. Ya casi no curso con nadie, salvo excepcionalmente con mi amiga Euge (pero no las materias de mi área, que son las que más me quedan por meter).
Esto me lleva a cuestionarme cosas más densas, como para qué estoy estudiando Letras, qué quiero hacer con mi título el día que lo tenga, si la carrera sólo es para mí un compromiso o un reto que me puse, pero sin objetivos más profundos y trascendentes. Espero que no. Ojalá pueda postear dentro de un par de días alguna idea que haya sacado de alguno de los dos congresos, a los que al menos quisiera asomarme para no decirme nuevamente que "estuve muy ocupada".

martes, septiembre 19, 2006

Un lugar en el mundo

El otro día charlaba con mi amiga Sofía (sé que se va a reir cuando vea que le cambié el nombre, pero bueh, me hace sentir por unos segundos el ser una periodista seria esto de conservar el anonimato). No me acuerdo cómo surgió el tema de la ciudad en la que vivimos. Caminando por Callao y Santa Fe, creo, comenté cómo me gusta la arquitectura de algunos edificios de la zona.
- Y sin embargo -dije- cómo no quiero vivir toda mi vida en esta ciudad.
Ella se sorprendió. Me habló de lo que disfruta de la vida nocturna, la cultura de los bares, la variedad de cosas que hay acá para hacer, las infinitas historias que se cruzan pensando en la cantidad de gente que vivie acá. Coincido en algunas cosas, le dije, pero es una ciudad como para venir, visitarla, y volverse a casa, por lo menos para mí.
No nací acá, no soy porteña, y estoy orgullosa de no serlo. Buenos Aires refleja, para mí, la locura del sistema, la desigualdad instalada en nuestra sociedad desde su costado más cruel y más extremo. La Buenos Aires en la cual yo vivo es ruido, es estrés, es quilombo. No pertenezco acá.
Evidentemente, todavía no encontré mi lugar en el mundo, pero estoy segura de que éste no es. Cada vez que alguien llega de vacaciones me dice que se siente en parte alegre por volver a casa. Para mí, casa es a veces cualquier lugar lejos de esta ciudad. Cada vez que vuelvo siento algo como "¡qué estoy haciendo acá, la vida es demasiado corta como para desperdiciarla viviendo así!".
Es cierto, ahora Buenos Aires me resulta cómoda. Tengo al departamento que tanto quise, tengo trabajo, pareja, amigos, la facultad a pocos minutos (pocos o demasiados, depende cuánto tarde el bondi...). Pero no quiero vivir acá por mucho tiempo más. No puedo imaginarme criando un día a mis hijos entre las rejas de los balcones ni mandándolos al colegio con miedo a que los asalten. ¡Ojo! Muchísimo menos me imagino viviendo en una burbuja de pedo de los que viven en un country. Pero no quiero quedarme en la ciudad.
A veces sueño con irme a vivir a Mendoza. Me conquistó con su paisaje de montañas, sus árboles plantados por el hombre y la musiquita de las acequias. Sé que necesito una dosis de ciudad para no embolarme, sé que la tranquilidad a veces puede ser demasiado tranquila. Creo que una ciudad así sería lo ideal.
Llegué a Buenos Aires arrastrada (casi literalmente) por mi mamá y su proyecto de vida. Dejé atrás mis amigos de la infancia y me encontré a la fuerza metida en medio de la adolescencia solitaria y melancólica de la ciudad. Nuestra relación empezó mal desde un principio. Será por eso que yo no quiero a Buenos Aires, así como la ciudad tampoco me quiere a mí.

martes, agosto 29, 2006

Leyendo material sobre Psicolingüística, sobre todo las corrientes evolucionistas, que son lo primero que nos pusieron a estudiar este cuatrimestre, se me ocurrió preguntarme:
¿Cuáles habrán sido las primeras palabras jamás pronunciadas? ¿Habrá sido un nombre propio, una señal de alerta, una exclamación de alegría o de asombro?
¿Cuál habrá sido la primera discusión? Claro que para discutir se necesitan dos hablantes, por lo menos. De todas maneras, incluso los que abogan por la hipótesis de que primero haya existido un protolenguaje, se preguntan con quién habrá hablado el primer hablante.
¿Cuándo se habrá inventado el primer insulto? ¿Cuándo el primer piropo? ¿Cuál hará sido el primer chisme? ¿Cuál la primera mentira? ¿Cuál el primer chiste?
¿Cómo habrá sido la primera declaración de amor? La imagino llena de metáforas muy concretas (de ésas que hoy ya están tan gastadas, del estilo "eres mi sol y mi luna"), y no puedo creer que haya surgido antes de la primera declaración de guerra.
¿Cuándo un bebé habrá pronunciado las primeras palabras en lo que hoy llamaríamos media lengua, si en ese momento probablemente toda la lengua estaba a medio hacer? ¿Cuál habrá sido el primer reto que se haya ligado?
¿Cuándo habrá cobrado el hombre conciencia de esta capacidad innata y tan exclusivamente nuestra, la que nos hace ser lo que somos, la que nos permite tener una sociedad, una historia, cualquier tipo de tecnología, una educación o hasta un blog? Qué cosa increíble el lenguaje.

lunes, mayo 22, 2006

Los deseos

¿Cómo hacer para disfrutar de lo que uno está viviendo, de lo que te toca atravesar en determinado momento? Me doy cuenta de que la definición de “deseo” es precisamente, aquello que esperamos con ganas y que no se cumplió todavía. Entonces, es condición del deseo el estar insatisfecho, y en cuanto se cumple, deja de ser deseo. Pero para ese momento, otro nuevo deseo insatisfecho ha tomado su lugar. ¿Cómo se hace para vivir sin sentir todo el tiempo que algo nos falta? Es la clave de lo que todo el tiempo me dicen los que me quieren: hay que disfrutar de lo que uno tiene, no hay que pensar todo el tiempo en lo que no. ¿Cómo permitirse, entonces, desear y hacer proyectos? No son preguntas hipotéticas: me gustaría que alguien me lo explicara, porque hay veces que siento que no puedo.
Por ejemplo, en este momento, mi mayor deseo es concretar la mudanza. Supongo que finalmente voy a poder hacerlo en julio, ya que en estos últimos días conseguí algo más de trabajo, como para irme más cómoda. Mientras tanto, me pongo a pensar: el día en que ya esté mudada, probablemente me sienta muy feliz, muy satisfecha con haber logrado lo que desde hace tantísimo tiempo me vengo proponiendo. Y entonces se me va la sonrisa al preguntarme qué nuevo deseo está acechándome. Ésa es la sensación: de que los deseos me atacan desprevenida. Cómo me gustaría no tener necesidad de nada más, no tener que desear siempre algo que no tengo y que me cuesta tanto conseguir…
Me pongo a pensar en que antes de hoy tuve muchos deseos, algunos más intensos que otros, algunos se cumplieron y otros no. Creo que una de las claves es remontarnos al pasado, a situaciones de deseo previas que ahora ya han dejado de serlo precisamente porque se han cumplido. Entonces, si nos ponemos en la piel del que éramos en el momento de haber deseado estas cosas, hoy podemos alegrarnos una vez más al comprobar que se cumplieron.
Probablemente toda nuestra vida vaya a estar marcada por una sensación de insatisfacción de deseos, pero esto no tiene que ser necesariamente malo, creo que la vida es así, incluso nuestro ciclo respiratorio consiste en inspirar cuando necesitamos el oxígeno (cuando lo deseamos), sólo para soltar el aire un segundo después.