A mí siempre me ha costado lidiar con los espacios en blanco. Me cuesta cuando las casillas no están todas completas, cuando hay vacíos. Tal vez por eso me dediqué a escribir en un primer momento: para tapar el blanco infame de las hojas, que pareciera reirse en mi cara. Tal vez por eso también, mientras hablo por teléfono, pinto con una birome los huecos de las letras O de todo folleto que cae en mis manos. No me gusta lo incompleto, lo indefinido, lo indeterminado.
Y sin embargo, estoy en un momento de mi vida donde necesariamente me toca atravesar páginas en blanco, lugares vacantes, casillas sin completar. La incertidumbre que me espera allá, al fondo del último puente, del último parcial y de la última monografía del último cuatrimestre de mi carrera -que ya llevo recorriendo casi ocho años-. El gran salto al vacío que implica soñar con construir nuestra vida junto a otra persona. Las dudas, preguntas, sueños interrumpidos por un brusco despertar.
Creo que mi ausencia prolongada de este espacio también es una manera de expresar el vacío que siento a mi alrededor. Por momentos me siento rodeada de gente a la que adoro, que me conoce y que me comprende, por momentos estoy sola flotando en un mar de niebla. Pero a la vez sé que es importante aprender a lidiar con el vacío. Que no puedo tener siempre todo guardadito en un cajón, todas las camisas colgadas de su respectiva percha, todos los lápices con punta. Tengo que animarme a cruzar el puente, aunque no sé qué hay del otro lado y me da miedo precipitarme al abismo. Tengo que dar el salto con la confianza en que somos dos los que saltamos, de la mano, creyendo que el aterrizaje será suave.
Y aunque sea, esta noche hay una página en blanco menos que me mira muerta de risa.





