Esta semana, a propósito de la ausencia reiterada de un amigo blog, me volvieron viejos temores que alguna vez tuve con relación a los vínculos que uno establece únicamente a través de Internet. Por suerte mi amigo dio señales de vida contestando mi correo. Me quedo más tranquila de que no le pasó nada. Pero, decía, no pude evitar recordar una época de mi vida en la cual estuve particularmente deprimida y a menudo pensaba en el suicidio -claro que nunca llegó a ser nada más que un pensamiento-. Y entonces me decía "¿Cómo sabrán mis amigos por e-mail que ya no estoy? No tienen mi teléfono, no tienen forma de localizarme, pensarán que sencillamente ya no contesto sus mensajes".
Y es que Internet sigue siendo un gran mar plagado de náufragos, cada uno en su balsa. Por más vínculos que establezcamos, estamos solos allá afuera. Pese a todo lo que uno deja de sí mismo, pese a lo mucho que creemos mostrarnos auténticamente, ¿podemos decir que nos conocemos de verdad? ¿No es necesario el encuentro cara a cara?
Tal vez no. Con uno de mis amigos, Luis, nos venimos escribiendo desde hace cerca de seis años. Nos hemos hablado por teléfono para nuestros cumpleaños, nos hemos escrito cartas de puño y letra (más personales que los e-mails), hasta he recibido regalos suyos -hermosos libros y discos-, nos intercambiamos fotos, consejos, links de páginas que nos interesan, nos hemos acompañado en momentos difíciles, hemos debatido de política a través de este blog. Pero el encuentro cara a cara jamás se ha producido, simplemente porque nos separan 10.000 kilómetros. Sin embargo, siento a Luis más cercano que a muchos que alguna vez consideré amigos de carne y hueso y que hoy hace mucho que ya no están en mi vida.
De cualquier manera, no puedo evitar seguir preguntándome, mientras los vínculos entre dos personas no dejen de ser "virtuales", qué tan profundos pueden llegar a ser en realidad. Y cuál será la diferencia entre ausentarse, desaparecer y morir. Y qué triste es cuando eso también sucede con las personas que alguna vez estuvieron a nuestro lado. Muertes que -quizás- no nos duelen más porque ignoramos si serán definitivas.
