Esta semana se agudizó un conflicto que hace ya quince días viene paralizando el país: al paro del agro -que tiene como objetivo desabastecer a la población de las ciudades para que el gobierno dé marcha atrás a las retenciones a la exportación de soja- le siguió un duro discurso de la presidente Cristina Fernández, con la soberbia que la caracteriza. Al discurso la clase media y media alta de las ciudades contestó con un cacerolazo, como desde la época de De La Rúa no se veía. Se dijo que fue en apoyo al campo, pero no seamos hipócritas: la gente entra en pánico cuando ve que la docena de huevos se va a 10 pesos. Yo tampoco voy a ser hipócrita: obvio que el aumento de los alimentos me preocupa, pero con la cacerola no salgo.
Pareciera que hay que tomar partido por alguno de los dos bandos: por un lado el gobierno, por otro lado el campo.
Para Fernández, el paro del campo es una "extorsión", ya que se trata de "los piquetes de la abundancia". Y en parte tiene razón: la riqueza que el dólar alto, el precio de la soja en el mercado externo y la alta productividad ha traído a los grandes y medianos propietarios es exhorbitante e injusta en una sociedad tan desigual como la nuestra. ¿Por qué el pago de la deuda externa debe ser a costa de la educación y la salud públicas? Yo, por lo menos, siempre estuve a favor de las políticas redistributivas.
Creo que por más que tengan sus motivos para protestar, el nivel que ha alcanzado el paro del agro es inmoral: no se puede desperdiciar toneladas y toneladas de comida mientras que hay gente que se muere de hambre. El solo ver cómo se arrojan a la ruta la carne y la leche en mal estado frente a los ojos de un país, es motivo para que yo, por lo menos, no salga a defenderlos.
Además, y esto no es un tema menor, es fundamental desalentar de una u otra manera el monocultivo de soja: por un lado, porque se producen menos alimentos para consumo interno. Y por otro lado, por el inmenso daño que le acarrea a la ecología: a este ritmo, en unos años no vamos a poder autoabastecernos.
Pero, ¿qué pasa del otro lado? Quienes hacen el paro en el campo sostienen que no se puede castigar a un sector del cual depende tan fuertemente nuestra economía, que ellos son también pequeños productores a los que se está ahogando con las retenciones. Y además, el gobierno responde con agresiones verbales y físicas -sobre todo por parte del patotero oficial Luis D'Elía- y reprimiendo lo que, nos guste o no, es una protesta social legítima de un sector del país. Aparte de todo, los cacerolazos, aunque yo no los comparta, fueron indudablemente una manifestación espontánea, a diferencia de la represión de los punteros políticos.
¿Y los Kirchner, acaso, no son también grandes terratenientes? ¿A quién pretenden convencer con su discurso de "se acabó la fiesta para unos pocos" si ellos se cuentan entre el grupo de los invitados de honor al banquete?
Hoy por hoy, entre el miedo al desabastecimiento y el ruido de las cacerolas, el tema del paro agrario me quita el sueño. Pero si tengo que decidirme por alguno de estos dos bandos, creo que antes salgo corriendo.









