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miércoles, febrero 27, 2008

Sueños en ayunas

Existe una superstición (no sé cuál es su origen, qué tan difundida estará ni en qué países) que dice que si los sueños se cuentan antes de que uno haya desayunado, se hacen realidad. A mí me lo contó una vieja compañera de un trabajo que tuve, cuando un día le conté que había soñado que ella estaba embarazada: "Decime que desayunaste, aunque sea unos mates, por favor", me dijo, antes de contarme la creencia.
No soy una persona particularmente supersticiosa, creo que en mi caso las supersticiones son un juego. Es decir, a veces hago caso de ellas, no porque crea que van a tener un verdadero efecto en mi vida, sino "por las dudas", "ya que no cuesta nada...", etc. Por ejemplo, no paso debajo de una escalera, pensando que tal vez no me traiga mala suerte, pero si justo se cae, me puede hacer un chichón en la cabeza, o mancharme la ropa de pintura. Con mi hermana nunca nos pasamos el salero de mano en mano, aunque ninguna de las dos cree en serio que algo pueda pasarnos. Soy de tocar madera cuando hace falta. Eso sí: no tengo ningún problema con los martes 13, ni con el número 13 en general (nada de triscadecafobia) y me encantan los gatos negros.

Con esto de los sueños, me he tomado la costumbre de contárselos por la mañana a Javier cuando despertamos juntos: si fue un sueño lindo, se lo digo mientras pongo la pava para el mate, si es un sueño feo o -como en el caso del embarazo de mi amiga- no quiero que se cumpla todavía, espero a que hayamos comido algunas galletitas para contárselo.
Hay veces en que los sueños resultan muy delirantes, en ese caso no me molesta hablar de ellos ya que sé que no se van a cumplir. Hoy, por ejemplo, soñé que estaba en Irlanda, viendo un recital de U2 desde al lado del escenario... sé que no se va a cumplir, aunque estaría bueno que así fuera!

Tengo una memoria muy buena para mis sueños. Se dice que soñamos todas las noches, pero que olvidamos en seguida el contenido manifiesto del sueño al recobrar la conciencia. Una técnica muy buena, que a mí me sirvió mucho, para recordarlos más seguido consiste en anotar el sueño, lo que sea que se recuerde, ni bien nos despertamos. De esta manera, nos entrenamos en retener cada vez más detalles. Y, al haberlo puesto en palabras, podemos evocarlo incluso varios días después. Conservo mi cuadernito de sueños de los catorce años, y es el día de hoy que leo algunos relatos -los hay de más de una página, con muchos detalles y vueltas de tuerca en el argumento- y puedo recordarlos tal como los soñé, como si viera una película.
Cuando era chica, deseaba con toda el alma que se inventara una máquina filmadora de sueños.

miércoles, enero 09, 2008

Sueño con el exilio

Soñé que por un problema con mi documento, me deportaban a Uruguay (país que, por cierto, adoro). Pero lo que más me angustiaba era no poder volver por un año a ver a mis seres queridos. Recuerdo estar en la oficina donde me daban mi documento nuevo, y yo preguntaba si podía quedarme en Buenos Aires hasta terminar la carrera e irme después, y la empleada burócrata me decía "No, tenés que irte ya mismo", y en el sueño esa misma noche me iba sin despedirme de nadie, lo único que llevaba conmigo era a mi gata. Estábamos de repente las dos en un departamento vacío, en lo que en mi sueño era Uruguay, y yo pensando que mi novio se iba a mudar solo y yo no iba a estar ahí para ayudarlo, en que no iba a poder terminar mi cursada hasta un año después, en que no había podido despedirme de mi familia ni de mis amigos.
Llamo a mi mamá por teléfono y ella, resignada, me dice "qué le vas a hacer, conseguite un trabajo allá, esperá un año y volvé... si podemos, en algún momento te vamos a ir a visitar."

Me desperté sintiendo lo afortunada que soy por lo mucho que tengo. Lo mucho que me importan mis seres queridos, y qué terrible sería verme de repente separada de ellos, así fuera por un tiempo limitado. Siempre me estoy quejando de esta ciudad pero lo cierto es que por ahora acá tengo mi vida, las personas que quiero, mis proyectos.
Qué lindo es ahora irme de vacaciones, sobre todo porque voy acompañada de mi novio y juntos la pasamos de maravilla en todos nuestros veraneos compartidos, qué lindo es ir a conocer nuevos lugares y caminar al aire libre y remojar los pies en arroyitos cristalinos. Pero qué lindo es también tener un hogar al cual volver después. Qué lindo saber que hay gente que te espera.

lunes, noviembre 26, 2007

Y soñar, y soñar

Últimamente estoy muy cansada. Más que de costumbre, yo que vivo corriendo. Después de varios años de estudiar una carrera universitaria y trabajar, me doy cuenta de que es el cansancio habitual de esta época del año, que por momentos parece aplastarme. Pero a la vez sé que, cuando menos quiera acordarme, las clases en el jardín van a haber terminado (así como terminó el cuatrimestre en la facu), voy a tener semanas de vacaciones por delante y mi cansancio se esfumará así como llegó.

Mientras tanto, en estos días vengo experimentando un sueño muy raro: tengo la sensación de que mi despertador (la musiquita del celular) ha sonado ya, y de que yo estoy haciendo fiaca, de que debería haberme levantado y estar preparando mis mates. Unos minutos después, mi despertador suena realmente, pero estoy convencida de que es la segunda vez y de que estoy llegando tarde. Por favor, qué cabeza quemada la mía...

Cuando abro los ojos, todos los días tengo la sensación de que la semana está más avanzada de lo que en verdad está: si es lunes, creo que es miércoles; si es martes, creo que es viernes... sólo los sábados y los domingos estoy convencida de que debo ir a trabajar, las otras veces no entiendo bien qué estoy haciendo ahí. Además, no importa cuánto duerma: nada me resulta suficiente. Siempre tengo la sensación de quedarme con sueño, de que podría dormir, no un ratito, sino varias horas más.

En fin, sé que falta poco. En unas semanas, ya estaré de vacaciones. Así que no me quejo. Pero me llama la atención cómo el cerebro, en ocasiones como éstas, distorsiona nuestra percepción de semejante manera.

miércoles, mayo 09, 2007

Sueño con cables

Tengo el sueño recurrente, y muy agradable, de que vuelo. Sé que debe ser muy común, pero cada vez que me toca soñarlo siento como cuando estamos haciendo zapping y justo nos encontramos con esa peli que ya miramos varias veces, pero que justo teníamos ganas de volver a ver.

Para volar, simplemente extiendo mis brazos, corro tomando carrera y me despego del suelo. Así nomás. Por lo general está anocheciendo, o es de noche. A menudo estoy sobre una ciudad que es y no es Buenos Aires, que me sorprende con extrañas edificaciones y parques en sitios inesperados. Y a veces la gente me ve volar. Una vez, soñé que todos los que me veían me tiraban piedras, pero yo subía cada vez más alto y nadie me alcanzaba. ¿Señal de que debo fortalecerme contra las críticas? Algunas veces asciendo hasta que la ciudad es sólo una mancha luminosa. Y no tengo miedo de caerme. Es difícil subir, pero una vez que estoy flotando, no hay peligro.

Salvo uno: los cables de alta tensión. Por lo general son muchos, y llegan muy alto, y se enredan entre sí. A veces se mezclan con las ramas de los árboles. Y yo tengo que volar atravesándolos, son imposibles de esquivar y sé que tocarlos sería mortal. Creo que subiendo voy a conseguir dejarlos atrás (mejor dicho, abajo), pero no hay modo, siempre me quedan manojos de cables por atravesar. He llegado a la conclusión, bastante obvia por cierto, de que representan los obstáculos que uno se encuentra en la vida: la única manera de dejar atrás a cada uno de ellos es morirse.

La otra noche, caminando hacia la facultad, me detuve a observar un tren del subte A que se dirigía a la terminal (por afuera del tunel, por la calle). Los cables chispeaban. Involuntariamente, rememoré mi sueño serial. Miré los cables de la calle: nunca son tantos como los que hay en mi cabeza. Tampoco son tantos los problemas reales como los que yo misma me creo, imaginándolos y proyectándome a futuro.

Quiero a este sueño además porque de alguna manera inexplicable me une con mi papá: una noche, cada uno en su casa, los dos soñamos exactamente lo mismo. Nos pusimos a hablar del tema de casualidad, después de un almuerzo en lo de mis abuelos. Se me puso la piel de gallina cuando me lo contó: era igual al mío. La manera de volar, los cables que había que esquivar. Salvo el detalle de que, en su sueño, mi viejo volaba llevando un portafolios, y yo con mi mochila de siempre.