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miércoles, enero 09, 2008

Sueño con el exilio

Soñé que por un problema con mi documento, me deportaban a Uruguay (país que, por cierto, adoro). Pero lo que más me angustiaba era no poder volver por un año a ver a mis seres queridos. Recuerdo estar en la oficina donde me daban mi documento nuevo, y yo preguntaba si podía quedarme en Buenos Aires hasta terminar la carrera e irme después, y la empleada burócrata me decía "No, tenés que irte ya mismo", y en el sueño esa misma noche me iba sin despedirme de nadie, lo único que llevaba conmigo era a mi gata. Estábamos de repente las dos en un departamento vacío, en lo que en mi sueño era Uruguay, y yo pensando que mi novio se iba a mudar solo y yo no iba a estar ahí para ayudarlo, en que no iba a poder terminar mi cursada hasta un año después, en que no había podido despedirme de mi familia ni de mis amigos.
Llamo a mi mamá por teléfono y ella, resignada, me dice "qué le vas a hacer, conseguite un trabajo allá, esperá un año y volvé... si podemos, en algún momento te vamos a ir a visitar."

Me desperté sintiendo lo afortunada que soy por lo mucho que tengo. Lo mucho que me importan mis seres queridos, y qué terrible sería verme de repente separada de ellos, así fuera por un tiempo limitado. Siempre me estoy quejando de esta ciudad pero lo cierto es que por ahora acá tengo mi vida, las personas que quiero, mis proyectos.
Qué lindo es ahora irme de vacaciones, sobre todo porque voy acompañada de mi novio y juntos la pasamos de maravilla en todos nuestros veraneos compartidos, qué lindo es ir a conocer nuevos lugares y caminar al aire libre y remojar los pies en arroyitos cristalinos. Pero qué lindo es también tener un hogar al cual volver después. Qué lindo saber que hay gente que te espera.

jueves, octubre 11, 2007

En la ciudad de la furia

El lunes un tipo asaltó a mi novio cuando él estaba saliendo de su casa. Lo hizo pasar un momento espantoso y hoy tiene que sentirse agradecido porque después de todo, no lo lastimaron. Ayer estuve escuchando a Ronnie Arias en la Metro hablando sobre las víctimas de violación, sobre el calvario de las denuncias -donde prácticamente la mujer violada es considerada una putita de mierda hasta que demuestre lo contrario-. Hoy, el caso de una mujer asaltada que persiguió y mató al ladrón está en todos los medios argentinos.

Me es imposible hablar de otra cosa, entonces, que de la violencia. Uno se siente rodeado, aunque intente evitarlo. Un hecho como el que le tocó a Javier esta semana se repite cotidianamente: tal vez porque en esta ocasión la víctima fue alguien de mi entorno, yo estoy así de impresionada. El resto del tiempo, uno parece estar anestesiado. De tanto que los medios nos bombardean de muertes, robos, secuestros, asaltos, violaciones, nos vamos insensibilizando. ¿O no es así? Tal vez intentamos seguir viviendo como si nada pasara, pero en realidad no podemos salir a la calle sin sentir un poco de miedo, ya casi una costumbre.
Algunos piensan que el problema de la seguridad se soluciona con mano dura, mayores controles policiales, penas ejemplares a los delincuentes convictos. No estoy de acuerdo. Para que eso funcionara en primer lugar, habría que desmantelar y reconstruir todo el corrupto aparato policial y judicial. Pero además, estoy convencida de que el aumento de la violencia se debe a la impresionante brecha social entre ricos y pobres, lo que genera desesperanza y resentimiento. Haría falta una fuerte política de redistribución de ingresos para que no haya excluidos, además de educación, claro. De cualquier manera, la delincuencia no es exclusividad de los así llamados "sectores marginales". Los peores chorros tiene más dinero que cualquiera de nosotros, lectores. La violencia está en todos los estratos de la sociedad.
La misma ciudad nos violenta, con sus multitudes anónimas e irrespetuosas, con los colectiveros que no paran en un día de lluvia porque "se les rompió la máquina" (¡que dejen viajar gratis entonces! ¿Por qué perjudicar al pasajero?). Ni qué decir la televisión: así como ver constantemente reality shows pelotudiza a la gente, ver noticieros nos hace inmunes al dolor ajeno, o eso pareciera.
Hay gente que ante hechos delictivos decide irse del país: yo creo que en ese sentido, Buenos Aires es una más de cualquiera de las grandes metrópolis del mundo. No sé si alguna vez me iré del país (espero que no) pero -como he dicho en alguna otra ocasión- no quiero pasar el resto de mi vida en esta ciudad. Y si bien en ningún lado uno está indemne, cada vez más pienso en que me gustaría vivir en algún lugar más tranquilo. Me pregunto si realmente lo habrá.

Mientras tanto, la violencia, la sufrida en carne propia, la contemplada en silencio, la que nos rodea a diario, nos va royendo, nos va debilitando. Nos va sacando las esperanzas y dejando odio, impotencia, resentimiento, rencor, furia y deseo de venganza. De esta manera, no hacemos más que reproducir en nuestro interior la violencia exterior. Debemos hallar la manera de quebrar esta espiral.

sábado, mayo 05, 2007

De quejas, reclamos y otras protestas (in)útiles

Quejarse sí sirve para algo. Sólo hay que aprender a hacerlo frente a las personas correctas. ¿Cuántas veces vemos pasar un colectivo frente a la parada en la cual estábamos apoltronados hace más de veinte minutos, y que no nos pare porque estaba lleno o porque -peor- se le había roto la máquina (de boletos)? Creo que debería ser ley levantar gratis a los pasajeros si al que se le rompió parte de su equipo es a vos, y no a ellos.
En fin, la última semana me pasó varios días seguidos de estar esperando el 64 en la esquina de Pueyrredón y Santa Fe (esquina importante y bastante céntrica, por cierto, donde se juntan muchos pasajeros) y que estos tipos no pararan. El jueves pasado sin exagerar nos dejaron de pie cuatro colectivos seguidos, a mí y a varios que estabamos esperando, incluyendo mamás con chicos y personas mayores. Frente a eso, el típico murmullo "qué barbaridad, qué desconsiderados". Yo estaba furiosa y escupiendo sapos y culebras, porque estaba llegando tarde al instituto donde trabajo todas las tardes. Vivo sólo a quince cuadras pero para ir en bondi tengo que salir media hora antes.
Analicé mis opciones: me paré, cuando hubo un semáforo rojo, delante del colectivero que no me había abierto la puerta "abrinos, che, estamos esperando hace mucho y algunos tenemos que laburar!!!", le espeté, inútilmente. Me miró con cara de dogo y me dijo "qué querés que haga si va lleno". Valga aclarar que atrás estaba vacío, la gente se amontonaba frente a la bendita maquinita expendedora. Finalmente, me acordé del celular que tengo, y llamé al 0-800 para quejarme. Me tomaron el reclamo y yo me dije "al pedo, pero al menos hice algo...".
¿Resultados? Esta semana tuve un inspector en la parada, ocupándose de que todos los colectivos pararan y nos dejaran subir, más allá de que el chofer tuviera que pedirles a los pasajeros que se corrieran al fondo. Qué satisfacción me dio verlo al muy cobarde amagar con seguir de largo, para arrimarse humildemente al cordón de la vereda al ver al inspector. Supongo que no habrá sido sólo por mi queja, espero que hayan sido varios los que también llamaron al 0-800. Lo cierto es que esta semana no lllegué tarde al instituto.
Lo repito: quejarse sí sirve. Lo que no sirve es romperle las pelotas a los otros cuando está en uno decidir hacer algo productivo. Así que esta entrada no figura como "queja", sino como consejo para ustedes, los muchos lectores que me preguntan por qué me quejo tanto en este medio: ¡No se quejen! O, mejor dicho, ¡háganlo!!! Sí sirve. Y si no, pregúntenle a la gente de Greenpeace, que hoy me dio la buena noticia de que no recibiremos basura nuclear de Australia.

miércoles, mayo 02, 2007

Feria del Libro en Buenos Aires

Como todos los años (desde que tengo 10), visité la Feria del Libro de Buenos Aires. La verdad es que ya a esta altura lo hago más por costumbre que por otra cosa, hoy ni siquiera me compré nada. Había simplemente demasiados títulos, no que no me interesara ninguno, pero me parece que me saturé. Llegó un punto en que sólo veía las tapas borrosas de distintos colores y no leía nada (ya sé, tendría que consultar a un oculista, cada día veo peor, en fin).
La organización, bastante mala. ¿Para qué tenemos que comernos quince minutos de cola -miércoles al mediodía, ni quiero imaginarme un sábado- si con la libreta universitaria entrás gratis? Ni siquiera me la pidieron para corroborar que fuera mía. El lugar, lindo, como siempre. Mucha, mucha gente, a esa hora sobre todo chicos de distintos colegios. Pero había pasillos amplios y stands bien iluminados. En esta oportunidad no me llamaron la atención los eventos propuestos, más bien me sentía como recorriendo un inmenso shopping de libros (qué otra cosa es la Feria, de todos modos). De todas maneras, algo que me llamó la atención es que la mayoría de la gente compraba poco y nada.
¿Y yo? Tampoco. Claro que vi cosas que me sentí tentada a comprar, pero los libros están cada vez más caros, vi pocas ofertas y tampoco es que me moría por conseguir ninguno, tengo una buena pilita por leer en un estante, y mis parciales empiezan en diez días. Así que este año fui simplemente a chusmear, salí con las manos vacías y me volví a casa. De todas maneras no me puedo quejar: pude pasar un buen rato.

martes, septiembre 19, 2006

Un lugar en el mundo

El otro día charlaba con mi amiga Sofía (sé que se va a reir cuando vea que le cambié el nombre, pero bueh, me hace sentir por unos segundos el ser una periodista seria esto de conservar el anonimato). No me acuerdo cómo surgió el tema de la ciudad en la que vivimos. Caminando por Callao y Santa Fe, creo, comenté cómo me gusta la arquitectura de algunos edificios de la zona.
- Y sin embargo -dije- cómo no quiero vivir toda mi vida en esta ciudad.
Ella se sorprendió. Me habló de lo que disfruta de la vida nocturna, la cultura de los bares, la variedad de cosas que hay acá para hacer, las infinitas historias que se cruzan pensando en la cantidad de gente que vivie acá. Coincido en algunas cosas, le dije, pero es una ciudad como para venir, visitarla, y volverse a casa, por lo menos para mí.
No nací acá, no soy porteña, y estoy orgullosa de no serlo. Buenos Aires refleja, para mí, la locura del sistema, la desigualdad instalada en nuestra sociedad desde su costado más cruel y más extremo. La Buenos Aires en la cual yo vivo es ruido, es estrés, es quilombo. No pertenezco acá.
Evidentemente, todavía no encontré mi lugar en el mundo, pero estoy segura de que éste no es. Cada vez que alguien llega de vacaciones me dice que se siente en parte alegre por volver a casa. Para mí, casa es a veces cualquier lugar lejos de esta ciudad. Cada vez que vuelvo siento algo como "¡qué estoy haciendo acá, la vida es demasiado corta como para desperdiciarla viviendo así!".
Es cierto, ahora Buenos Aires me resulta cómoda. Tengo al departamento que tanto quise, tengo trabajo, pareja, amigos, la facultad a pocos minutos (pocos o demasiados, depende cuánto tarde el bondi...). Pero no quiero vivir acá por mucho tiempo más. No puedo imaginarme criando un día a mis hijos entre las rejas de los balcones ni mandándolos al colegio con miedo a que los asalten. ¡Ojo! Muchísimo menos me imagino viviendo en una burbuja de pedo de los que viven en un country. Pero no quiero quedarme en la ciudad.
A veces sueño con irme a vivir a Mendoza. Me conquistó con su paisaje de montañas, sus árboles plantados por el hombre y la musiquita de las acequias. Sé que necesito una dosis de ciudad para no embolarme, sé que la tranquilidad a veces puede ser demasiado tranquila. Creo que una ciudad así sería lo ideal.
Llegué a Buenos Aires arrastrada (casi literalmente) por mi mamá y su proyecto de vida. Dejé atrás mis amigos de la infancia y me encontré a la fuerza metida en medio de la adolescencia solitaria y melancólica de la ciudad. Nuestra relación empezó mal desde un principio. Será por eso que yo no quiero a Buenos Aires, así como la ciudad tampoco me quiere a mí.